Cuando aquella mujer llegó a la cena, sin ser aceptada por los que allí se encontraban, llego hasta Jesús y rompió el alabastro que llevaba con ella. Inmediatamente el lugar se lleno de un olor rico. Con el perfume ella ungió los pies de Jesús. Solamente Él y ella sabían porque lo hacia. Ella lloraba al recordar cómo Jesús la había libertado y perdonado y esas lagrimas de agradecimiento se mezclaban con el perfume sobre los pies de Jesús. Esta fue una escena que nunca se olvidó. Este fue un acto que Jesús llevó consigo siempre.

Nosotros, como hijos de Dios, al ser lavados con la sangre de Jesús, tenemos mucho de que agradecerle a nuestro Maestro. En la medida que somos agradecidos con El, llegamos a ser como ese olor rico que llenó aquel lugar hace tanto tiempo. Nuestras vidas son un olor para Dios. Nosotros escogemos si queremos ser un olor grato o un olor no grato. El olor que sube a la presencia de Dios atravez de nuestra manera de vivir determina si somos olor grato para Dios o un olor no grato del cual Dios quiera alejarse.

¡Cristo nos ha limpiado! Seamos ese olor fragante que Él anhela oler. “Y nosotros somos ese suave aroma que Cristo ofrece a Dios.” 2 Corintios 2:15